Una de la mañana, luz de veladora.
Por fin debí rendirme a la idea de que pocas veces antes me había encontrado tan desorientado . Aquella insólita patología me tenía abrumado, entre otras cosas porque diseñaba a la perfección mis propias carencias, y ponía crudamente en su lugar mis veleidades de escritor trasnochado. La situación era insostenible pues tenía ante mí la historia más sensacional que podría haber transcurrido ante mis oídos, y mi cerebro terco se negaba empecinadamente a componerla y llevarla al papel. Una clara sensación de impotencia me invadió llenándome de rabia y desazón. ¿Cuál era la forma literaria más aconsejable? Me sentía víctima de esa hueca noción de extravío, una desagradable manera de sentirse a la deriva, incapaz de acertar el rumbo. Mis pensamientos se sucedían alocadamente, sin un criterio, convirtiendo mi escaso discernimiento en cachivache inútil.
Tan solo una cosa tenía clara. Mi posición de narrador debía
adoptar la primera persona, la fuente del cuento así lo exigía. Ni protagonista ni testigo, mucho menos omnisciente, válgame Dios.
Esa noche fue para mí un verdadero martirio, ya que no logré conciliar el sueño y menos organizar mis pocas ideas.
Las primeras horas de luz me encontraron sentado en la cama, tristemente convertido en un macabro y perfecto ángulo recto, con los ojos enrojecidos e indiscutible víctima de mi inoperancia . Estaba convertido en un verdadero fraude, tal vez lo que siempre fui, sentía mis escasas neuronas definitivamente arruinadas y sin razón de ser, cuando súbitamente algo cambió en mi interior. Recordé a mi madre advirtiéndome de no tomar ninguna resolución por la noche. Fue como un golpe de timón en la tempestad, un relámpago salvador
que apareció en mi nuevo día.
El secreto ?
Era simple, tanto, que estaba ahí nomás, al alcance de la mano. ¿Como no verlo, ciego de mi? Que suerte de torpeza había logrado paralizar mis dedos y mis sentidos, e intentado transformar mi
raciocinio?
Resolví escribirlo….. tal como me lo contaron.
Enseguida me dormí con una inesperada y cándida sonrisa de
triunfo.
Montevideo, junio 2009
domingo, 27 de septiembre de 2009
Suscribirse a:
Entradas (Atom)